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el infarto del alma

Nacen las ediciones Comisura y publican ‘El infarto del alma’

El palacio de los enamorados, por Jesús Cano Reyes

Al pie de los Andes, en la región de Valparaíso, contemplando el atardecer arrebol con un enjambre de avispas dentro de la cabeza, los locos se aman. Se aman desaforada o serenamente, pero entregándose por completo, porque el amor al filo del precipicio no puede, ni sabe guardarse nada. Entonces, lo poco que se da es mucho porque es todo lo que se tiene, y por eso no hay amor en el mundo como el de los alienados de Putaendo.

El infarto del alma, libro publicado en Chile en 1994, es una obra singular, realizada a cuatro manos y cuatro ojos por la fotógrafa Paz Errázuriz y la escritora Diamela Eltit. Ambas mujeres —que recibirían años después el Premio Nacional de Artes Plásticas y el de Literatura respectivamente— habían viajado al hospital psiquiátrico Philippe Pinel, construido en 1940 como un sanatorio para tuberculosos y reconvertido desde 1968 en manicomio. En 1992, al ver las fotos que Errázuriz había tomado en sus repetidas visitas al hospital (los pacientes la llamaban «Tía Paz»), Eltit quedó impresionada y escribió un conjunto de textos entre el diario de viaje, las cartas, la poesía y el ensayo.

Ahora, Comisura sale a la luz rescatando esta obra inédita en España. El infarto del alma es la mejor carta de presentación posible para una colección editorial con vocación de conciliar partes y abrir diálogos entre la literatura y la fotografía, entre autoras y textos inesperadamente afines y entre el arte realizado a una y otra orilla del Atlántico. En la idea de crear junto con otras y de fabricar una comunidad, Comisura será la casa de muchas personas, edificada a partir de un artefacto memorable.

Este libro es un testimonio del amor de los sin nombre y al mismo tiempo es una carta de amor a los sin nombre: los cuerpos innominados, los desahuciados de los que nadie dio nunca razón antes incluso de que llegaran a perderla. Aquellos que iban a parar a Putaendo, expulsados de todos los confines del país, hallaban en la sintonía del delirio amoroso el camino de la cordura —que no en vano comparte etimología con corazón—, un último amparo en la pesadilla de la soledad, un remedio de compasión ante el horror del abismo. Similares e irrepetibles vidas torcidas que conjuran el espanto y la derrota apretando la mano del otro, aferrando el cuerpo de su semejante en la orfandad.

Escribe Diamela Eltit que «jamás la fama amorosa los volverá leyenda». Es así, pero gracias a la escritura se restituyen los nombres y sabremos, por ejemplo, que Juana no está loca y sueña con tener un bebé (una guagüita en chileno). Sabremos y recordaremos que el amor se abre paso en la precariedad cuando una de las extrañas parejas que han perdido todo rastro de su pasado e identidad comparte, simple y llanamente, una taza de té y un pan con mantequilla. Quizás no pueda haber una definición más precisa de lo que es el amor.

A comienzos de los noventa, Chile acababa de dejar atrás la dictadura del general Augusto Pinochet, que había mortificado al país durante diecisiete años, asesinando y desapareciendo a miles de personas, castigando los cuerpos y domando las voluntades, imponiendo a toda la población la ley del silencio. Si toda casa que el arte figura es la representación de un país (la casa Usher de Edgar Allan Poe, la casa tomada de Julio Cortázar o la Villa Grimaldi de Germán Marín), el hospital de Philippe Pinel es también el emblema clamoroso de los años de la dictadura, el símbolo de su violencia y exclusión, el correlato de los desórdenes mentales derivados del poder autoritario. Sin embargo, en tiempos de sombras, las fotos de Paz Errázuriz hacen aparecer a los desaparecidos y son un destello de esperanza que anuncia un tiempo nuevo, en el que ya pasó la hora de agachar la cabeza, como demuestran los amantes de Putaendo al sostener el desafío de nuestra mirada.

Como todos los libros verdaderamente importantes, El infarto del alma es muchos libros en uno y es también una encrucijada. Aquí, en este cruce de caminos, se encuentran la fotografía y la literatura, dialogando entre sí con sus respectivos lenguajes, sumando miradas para multiplicar los sentidos. Aquí se encuentran Eros y Tánatos, el duelo perpetuo en uno de sus combates más encarnizados y poéticos. Y aquí se encuentran, al fin, todos los descabalados, que en la última estación de su viaje funesto conquistan su redención.

Han transcurrido treinta años desde que se tomaron estas fotografías y no es arriesgado suponer que ninguno de los protagonistas está vivo. Aquí son, sin embargo, inmortales. Esperan a que pasemos la página y les devolvamos la mirada. Vayamos a su encuentro, amémoslos: abracemos su luminosa lección de dignidad.

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